Otro golpe más hace que Victor se esconda en bajo la cama. Esta vez no puede precisar si el ruido lo ha hecho el puño de su padre o la cabeza de su madre tras ser golpeada por su marido. Hace un rato, difícil de precisar, que sus padres habían comenzado a gritarse. El motivo es tan intrascendente que ni si quiera un niño de diez puede encontrar lógico. Envalentonado por la ansiedad que la situación le produce, Victor se dirige a la habitación contigua, donde está el conflicto. No es la primera vez que esto sucede, aunque siempre es tan doloroso como la primera. Con la mano temblorosa abre la puerta. Lo que ve lo deja estupefacto, congelado. Su madre está tumbada en el suelo, sollozando, mientras su padre, de rodillas sobre ella, le golpea con una mano mientras con la otra le estira del pelo. El niño no dice nada, no se mueve. Cuando su padre percibe su presencia le lanza una botella de vino vacía que le impacta en la cabeza. Y todo funde a negro.
Los recuerdos de su infancia se amontonan en su cabeza como una una gran montaña de mierda. No puede olvidarlos aunque lo intenta. Sabe que están ahí y que lo hacen diferente, un lastre que le obliga a caminar un escalón por debajo de los demás. Con doce años, va por primera vez a una escuela mixta. Hasta el momento la única mujer que ha tratado es su madre. No son pocas las notas que Victor trae a casa anunciando un castigo por molestar a sus compañeras. A medida que crece y que sus hormonas le exigen que se acercase al sexo opuesto, los incidentes se van haciendo más graves. Les escupe, empuja e incluso les palmea el culo o los pechos. No es hasta los catorce años cuando tiene su primera novia. Hace cuatro años que su padre se había ido de casa, el tiempo justo para arrinconarlo en la mente, aunque no el suficiente para olvidarlo. Su primera relación dura apenas un mes, en el que van un par de veces al cine y una vez a patinar. Él no se comporta como un novio pre adolescente, sale co ella pero apenas habla y la escucha con poca atención.
Un día, se presenta la madre de la niña en su casa. Esta muy alterada, dice que su hija ha llegado a casa con un ojo morado. No ha querido decirle quien la golpeó, pero esta segura de que ha sido Victor. El chico entra, con la cabeza gacha, en el salón donde las dos mujeres mantienen este improvisado juicio del que sabe que saldrá culpable. No se molesta en defender su inocencia; tampoco dice que sabe quien lo ha hecho, que sus vidas no son tan diferente; simplemente se resigna a aceptar un mundo injusto. Su mundo.
Cuando cumple los dieciséis, ingresa en una banda de Skinheads, para lo que tiene que robar en un pequeño comercio de barrio y golpear al primer transeunte con el que se cruza. Se rapa la cabeza, y con el substituye las camisetas de su armario por camisas de cuadros con tirantes y sus deportivas por botas Dr. Martens. Gracias a su obediencia y a la ira que lleva consigo, escala rápidamente los peldaños de la jerarquía hasta situarse como mano derecha del líder. La única chica del grupo es precisamente la novia del jefe. Sin darse cuenta se enamora de ella y en un abrir y cerrar de ojos ejecuta una maniobra para quedarse con la dirección de la banda. Todo sale como ha planeado, aparta su rival y se queda con la chica. Por primera vez se siente a gusto con una mujer. Es más joven que él y entiende a la perfección las normas de la sumisión. Victor la trata con cariño y con dureza a partes iguales, y más de una vez piensa que ella prefiere la segunda antes que la primera. Todo marcha sobre ruedas, el cree haber encontrado su lugar en el mundo. Hasta que un día, un conductor ebrio atropella a la chica cuando la pareja se dirige a un encuentro de fútbol. La chica muere en el acto, el coche le aplasta la cabeza contra una parada de autobús. En un absceso de ira, con las manos manchadas con la sangre de su novia, apalea al conductor hasta matarlo. Es tal la furia de sus ojos que nadie se atreve a intentar detenerlo. Es juzgado y encarcelado. En prisión su mundo se viene a bajo. La jerarquía ha cambiado y su autoridad ha desaparecido. Así, es vejado y humillado.
Una mañana lo llaman a la sala de encuentros. Se sienta delante del cristal y ve aparecer a su madre. Lleva la misma ropa de siempre, un vestido floreado y una chaqueta de punto blanca. Se la ve más vieja y sombría. Victor teme que sea por su culpa. No quiere añadir ni una pena más a la vida de su madre, ya ha tenido suficientes. Están un rato mirándose a los ojos. Ninguno de los dos hace el gesto de coger el teléfonillo para comunicarse. Simplemente permanecen allí, sentados, compartiendo el momento. De repente, Victor rompe a llorar, y lo hace con toda la fuerza de los años; no ha llorado así con ninguna de las palizas que le dió su padre, ni cuando los presos hicieron con su culo lo que quisieron. Rompe el dique que llevaba años haciéndose más fuerte con cada lluvia. Y se deja arrastrar por la corriente. ¿Que no puede hacer una madre?
Resúmen y escena.


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