Una muralla de piedra sólida franquea el perímetro del castillo. Tiene la altura de tres hombres y una anchura de dos brazos. Los años de batallas han ensuciado y mellado la roca. Integradas en el muro, cuatro atalayas se levantan como gigantescos vigías; una al norte, otra al sur y dos más situadas al este y al oeste. Con el doble de la altura del muro, vigilan el fortín de bárbaros intrusos. La única entrada es un puente levadizo, de madera noble, que solamente se arría por expresa orden del rey, salvando así un foso hediondo.
Un caballero oscuro ronda por el extrarradio dispuesto a desafiar a cualquier merodeador. Viste una armadura negra y monta sobre un corcel igualmente negro. Despiadado. Incontrolable e incontinente.
En el interior, en el centro de una amplia plaza, está el edificio principal, austero y falto de gracia. Tiene varias puerta y muchas ventanas, que permanecen cerradas la mayor parte del tiempo. De su bajo techo se proyectan hacia el cielo gris cuatro torres, a veces son seis, dedicadas a diferentes disciplinas. Son el sueño de cualquier diletante. Una está dedicada a la música, otra a las artes escénicas, hay una biblioteca y una torre para la astronomía.
En la plaza, hay un pozo tan profundo como la oscuridad que contiene, allí se vuelca todo lo que debe permanecer en el olvido. Como también tienen que ser ignorados todos los indeseables presos en las mazmorras. Unas catacumbas húmedas y oscuras cuyas paredes lloran de dolor, sin que nada se pueda hacer al respecto.
En algún lugar del patio, oculto de las miradas indiscretas, hay un túnel por el cual escapar en caso de asedio.
Y por supuesto, en el centro exacto del castillo, hay un trono. Situado sobre un pedestal de mármol se alza el caballero que se hace llamar Jonás.
Autorretrato.


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