Un pivote conduce a un recuerdo.
Hoy estaba sentado en los ferrocarriles, como de costumbre, ya sabéis que siempre me ocurren cosas raras cuando viajo en tren, cuando se me ha acercado una anciana. Balbuceaba en lo que parecía un idioma propio, al menos yo no lo había escuchado nunca. Parecía seriamente preocupada y con cada silaba que pronunciaba, me llenaba la solapa de la chaqueta de pequeños perdigonazos salivares. Realmente desagradable. Al principio me he pensado que intentaba decirme algo, pero luego me he dado cuenta de que no estaba hablando conmigo, sino hablando sola. Sí, incluso tenía la vista perdida en algún lugar muy lejos del vagón. ¿Cómo no me habré dado cuenta que sus ojos no me veían? Ni siquiera se había acercado a mí, no tenía la menor idea de que yo, o cualquiera de los otros viajeros, estábamos a su alrededor. Realmente estaba ida, pobre mujer. Llevaba puestas una zapatillas de franela marrones, de hombre, varias tallas más grandes que sus pequeños pies. Obviamente eran de su marido. Quizás él murió y le dejó como única herencia esas andrajosas zapatillas de estar por casa. Los pantalones eran de pijama, uno de esos de los años ochenta y que nadie se atrevería a reconocer que ha tenido, y en la parte del torso una camiseta muy holgada con un enorme logotipo de Nike, estampado en plata, sobre el pecho. Nadie en el vagón demostraba percatarse del show, y aunque la perturbada anciana armaba un escándalo de órdago, torcían la cabeza hacía las negras ventanas por las que solo se vía túnel y más túnel; algunos subían el volumen de sus ipods, como si el volumen desmesurado los eximiera de culpa. Yo no podía desviar la mirada de las zapatillas de franela. Roídas. De marrón mugriento, con líneas verticales de un marrón mugriento más claro. Una suela de goma recauchutada, una y mil veces por el zapatero, de un color que quizás alguna vez fue rosa. Zapatillas de olor rancio y mohoso. Las mismas zapatillas que acostumbraba a utilizar mi abuelo. El mismo olor a vida estancada que se me impregnaba cuando íbamos a visitarlo a la residencia. Yo apenas contaba diez años, y poco más de un metro treinta de altura. Bajo para mi edad, me sentía paseando por una ciudad de ancianos rascacielos, cuya masa estructural no podía aguantarse a sí misma. Edificios que podían derrumbarse sobre mí. Así es como veía a los habitantes de ese lugar tan espeluznante. No podía soportar que mi abuelo, el de las zapatillas de franela, estuviera rodeado constantemente de tal deterioro. Cuando uno es pequeño, y a veces no es algo que se pase con la edad, no puede ver a sus seres queridos como personas normales, mortales, humanas. Yo no conocía por aquel entonces la entropía, no podía ponerle nombre pero la vía, la reconocía y a base de visitas dominicales, aprendí a temerla. Con el tiempo, fui notando como las zapatillas estaban más y más ajadas a cada visita. Ahora una suela un poco despegada; luego un pequeño agujero en la punta, producido por el roce prolongado durante años de la uña del dedo gordo.La visión de las zapatillas se fue haciendo cada vez más insoportable. Angustiado me refugiaba debajo de una mesa, en el fondo de una sala, la sala de los velatorios, así me aseguraba de que nadie entrara. Soledad por aprensión. Ahora me doy cuenta de cuantas cosas aprendí en aquel lugar. Me sentaba en la oscuridad y pensaba en todas aquellas personas que vivían allí, en todos esos edificios ruinosos que paseaban por los pasillos con rumbo errático. Me fascinaba pensar que esos rascacielos tuvieran en su interior un centenar, quizás un millar, de personas viviendo en su interior. Bueno, quizás ahora no, pero seguro que las habían acumulado con el paso de los años. Algunos estarían solos esperando el día de la demolición; otros estarían acompañados el glorioso día del Señor. Un domingo, mis padres me dijeron que podía ir a jugar con mi vecino. Yo no pregunté por qué no íbamos a la residencia, a ver al abuelo, aunque pasó por mi mente. No pregunté. En vez de eso, corrí a casa de mi vecino, un chaval muy extraño. No me caía bien, era demasiado delgado y siempre estaba hablando de que su padre, en realidad, no era su padre. A veces jugaba a inventarse quien era su padre, futbolistas, famosillos de la tele, toreros, lo que fuera. A mí me daba escalofríos. No sé bien por qué, pero ese día le pareció buena idea que revolviéramos entre la basura de mi casa, a ver si encontrábamos alguna cosa valiosa con la que jugar. Valiosa o peligrosa, tanto era. Yo no puse ninguna objeción. No sé por qué. Como era la basura de mi casa era mi prerrogativa empezar la excavación arqueológica. Levanté la tapa metálica del cubo, al que tantas veces había dado de comer después de cenar, y allí estaban. Las zapatillas de franela marrón con la suela un poco despegada y un agujero en la punta del pie izquierdo. No puedo decir que sintiera tristeza al verlas, un poco de angustia, pero no tristeza. Escombros de muchas vidas, pensé. Las retiré del cubo y me dirigí a mi habitación. Mi vecino, como habréis visto no he querido mencionar su nombre, y aunque lo recuerdo a la perfección no lo haré, me gritaba a mis espaldas. Creo que quería que volviera pero no estoy seguro. Al final se cansó y volvió a revolver entre la basura. Allí espero que esté ahora mismo.Respecto a las zapatillas, todavía las guardo en una caja de cartón. Mis padres nunca se enteraron de que yo guardo este insólito recuerdo de mi abuelo. Realmente nunca quise a mi abuelo, era demasiado grande, demasiado viejo para mí. Una vida entera se interponía entre nosotros. También es cierto que nunca se comportó conmigo como lo hacen los abuelos en las películas, nunca me leyó un cuento o veló por mí cuando estaba enfermo. Pero tampoco le guardaba ningún rencor; le tenía mucho cariño, por haber sido el padre de mi padre.
El tren está entrando en mi estación. La excéntrica mujer hace rato que se ha bajado del vagón.
Nota mental: cuando llegue a casa tiraré esas mohosas zapatillas.


1 comentario:
Mi favorito hasta el momento. Pivotar, derivar y reenganchar.
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