miércoles, 17 de junio de 2009

Taller Narrativa 15 - Atmosfera


La rueda sobre los enamorados. Seguidos por el Ermitaño, el Emperador y el Mago. La esfinge de la Rueda de la fortuna le pregunta al Edipo de los Enamorados por las tres edades del hombre. Ermitaño, Emperador, Mago.



Pienso en que si superas el Edipo te conviertes en emperador. Si te dejas llevar y lo abrazas, te conviertes en mago o taumaturgo. Si luchas eternamente contra el Edipo te conviertes en Ermitaño. ¿Cuál es la versión moderna del Edipo? ¿Fue Edipo la primera víctima de una familia desestructurada? ¿Quedará substituida la realeza por la fama?



Sobreponerse a la frustración que una madre proyecta sobre su hijo, que al final acaba por superar a su padre pusilánime. Una madre que lee el diario de su niño, para tener presentes sus puntos flacos. Un padre que no quiere que le llamen papá.



Tengo que reconocer que la tirada del Tarot es sugerente, los arcanos parecen hablarme directamente a mí, saltándose a la fraudulenta médium que tengo sentada en frente. Absorto en mis pensamientos apenas presto atención a sus embustes. Cuando he llegado no he mostrado interés a la sala donde hace las predicciones. Parece que está acabando sus febriles predicciones. Yo asiento con la cabeza si saber. Meto mi mano en el bolsillo con dificultad, mientras miro entre las sombreas la decena de figuras de santos y diversos amuletos que decoran la estancia. Me llama la atención la triste mirada de un busto de Cristo, la corona de espinas le lacera la frente y por las mejillas resbalan lágrimas de gusto metálico. El horror de la Pasión; a mi mente acude la imagen de una madre que ve como torturan a su único hijo hasta la muerte. La escena se marcha dejando tras de sí un regusto amargo a depresión. A su lado, unas cortinas de terciopelo granate ocultan algo; quizás el cuerpo de Cristo, el que le falta al busto. Saco la mano del bolsillo, unas monedas salen despedidas y no tengo ganas de recogerlas. Pago a la vidente y me levanto. Necesito salir de allí, las medias luces empiezan a escocerme en los ojos y el aire parece no querer entrar en mis pulmones. Tal vez es la sala la que quiere que me marche. Me está echando. Los ojos de la visionaria me acosan nerviosos, como si pudiera ver algo más en mi rostro, algo más que la expresión de horror. A fuera, solo me espera el agua que baña de melancolía el otoño. Últimamente las húmedas calles se han convertido en mi hogar. Escenario de mi infructuosa búsqueda.



Salí del local, después de una clandestina conversación con arcanos olvidados, tal y como había entrado. Seguía sin saber de que podía escribir.



Taller Narrativa 14 - Ritmo rápido, ritmo lento.


Salen del taxi a trompicones, Jonás se entretiene pagando la carrera. Raquel espera en la acera aprovechando para encenderse un cigarrillo. Él la coge del brazo, impaciente la arrastra al interior del Hotel. El cigarrillo vuela hasta el asfalto. En la recepción, el responsable del turno de noche mira su reloj. Marcan las dos de la madrugada.

-¿Que desean a estas horas? -dice con desconfianza.

-Una habitación, claro está, -responde Jonás, con rostro serio. Y añade- Y pocas preguntas.

El recepcionista mira a Raquel con los ojos entrecerrados, intenta parecer suspicaz. Muy poco efectivo. Ella se mueve inquieta, da vueltas sobre sí misma, clava sus tacones en la moqueta.

Jonás tose para precipitar los acontecimientos. Y, como en una película de serie B, funciona.

Rellenan los papeles al vuelo, apenas se entiende la letra, le lanza la visa a través del mostrador y cogen la llave de un tirón.

El viaje en ascensor se hace eterno, suben hasta el tercer piso. Suena Richard Clayderman y su Claro de luna. Parece que el piano ralentice el tiempo. Raquel se acerca cada vez más a Jonás. Cuando el dorso de sus manos se toca, una descarga eléctrica les sube por la columna. Ella se muerde el labio inferior. Él se desabrocha el cuello de la camisa. La corbata se ha quedado en el taxi, pero no importa. Esta noche no importa nada.

Con la ansiedad le cuesta abrir la puerta. Malditas tarjetas perforadas, piensa.

Una vez en el interior, apenas tienen tiempo de encender la luz. Para cuando él se ha desabrochado el siguiente botón de la camisa, Raquel ha dejado caer el bolso, el cinturón de Gucci, y tiene los pantis por debajo de las rodillas. Se miran un instante para fundirse en un beso apasionado. Ella le quita la ropa a Jonás, y lo tumba en la cama. Se sube sobre él, con la minifalda aun más arriba. Se quita el top y el sujetador de una tacada, sin dejar de mirarle a los ojos. Profundo y oscuros. Perfilados con lápiz de ojos negro, como una maharaní.

Ambos respiran irregularmente, abandonados a la pasión. Ella baja su mano izquierda hasta su entrepierna desnuda. Coge a Jonás por su orgullo y busca a ciegas la consumación. Durante la siguiente media hora ella cabalga sobre el placer más intenso. Los siguientes veinte minutos, es Jonás quien penetra a Raquel por detrás. En un increscendo cada vez más salvaje, Jonás siente que no puede contener su egoísmo. Empuja cada vez más rápido, cada vez más fuerte. Más profundo. Más intenso. Gime. Grita. Explota. Espasmos y estertores. El orgasmo llega contundente. Le golpea en el mentón con la fuerza de un peso pesado.

-¿Estás bien? -pregunta Raquel. Pero realmente no le interesa la respuesta. Es tarde y está cansada.

Jonás asiente con un sonido gutural, salido desde lo más profundo de su garganta, desde lo más antiguo de la evolución. Se acuesta en la cama, junto a Raquel, y la abraza. Está intranquilo. Algo se ha roto, aún no puede tomar consciencia de ello, pero la nube de hormonas se disipa rápidamente. Pronto se escucha la respiración pesada de la tierna amante. Jonás no consigue conciliar el sueño, su mente da vueltas sobre sí misma, intenta encontrar un agujero por el que pueda escapar la culpabilidad. Parece que no hay fisuras en la mente pervertida. Se levanta y abre la ventana, intenta que el aire fresco de la noche mitigue la ansiedad. Lejos de suceder, parece que el sentimiento crece como la marea. La luz de la luna acaricia las caderas de Raquel, limpias, suaves, tersas. Jonás se sienta al borde de la cama, gira su cabeza para observarla. Es hermosa. Todas sus curvas, su piel inmaculada, incluso el tímido bello que nace en la base de su espalda. Jonás es consciente de que está enfermo. Pero la mira y siente deseos de hacerle el amor otra vez. Se echa las manos a la cabeza, y apoyando los codos en sus rodillas, se echa a llorar.

- Solo tiene quince años. -Entre sollozos se confiesa.

Lágrimas culpables mojan la moqueta de este hotel de cinco estrellas. Situado en el centro de la ciudad, parece estar ubicado en el centro del infierno. Las cortinas se agitan en por la habitación por la brisa nocturna, parecen escandalizados testigos. Las venas del cuello de Jonás están hinchadas y el corazón bombea al límite de la salud. Su propio cuerpo parece rechazar sus actos. Vuelve a mirar sobre su hombro, Raquel sigue durmiendo. Mejillas húmedas y culpables. Suspira angustiado por qué sabe que volverá a poseerla. Va a practicar el sexo mientras duerme. Pero que puede hacer, no tiene voluntad sobre sus actos. Cree que su alma está podrida.

lunes, 1 de junio de 2009

Taller Narrativa 13 - FLASH forward back y elipsis.



-¿Cuales creéis que son las tres peores películas de la historia? -preguntó Quique. Es un juego que hacemos habitualmente cuando nos encontramos en el bar. Cualquier bar.

-Plan 9 - dije muy seguro de mí mismo.

-Vamos esa no vale, es tan mala que es buena. Ha dado toda la vuelta a la rosca de la mediocridad.

Éste era Kike, que no Quique el de: cuales son las peores pelis; sino Kike, el de: a esa le ponía una bolsa en la cabeza y me la tiraba. Sí, no era un tipo muy sutil, pero entendía de cine. Y a veces, que alguien tenga tema de conversación interesante es suficiente.

-Vale, ya lo tengo. - Intervine para que la conversación no se fuera por los tortuosos caminos de la depravación sexual. Como veréis más adelante, no lo conseguí. - Druidas y Beowulf, la del 99.

- Vaya, las dos de Christopher Lambert. Aceptamos barco como animal acuático.

-La princesa prometida.- añadió Kike.- Bodrio infumable.

-Que dices tío. A mí me mola mogollón. -No tendría que haberlo dicho, pero lo hice.

Yo me había pegado el lote por primera vez con una chica mientras veíamos esa peli. No fue un momento muy romántico pero ¿qué puedes esperar con trece años? Como ya he dicho, nunca había besado a una chica- ni a un hombre tampoco, eso llegaría más tarde- así que estaba muy nervioso; a la postre, ella era tres años mayor que yo, además tenía una 115 de pecho, y a esa edad esas cosas importan mucho. Era en pleno mes de agosto, durante las vacaciones. Yo nunca tuve los dos meses y medio de descanso escolar, por qué siempre suspendía unas cuantas y debía estudiar para los exámenes de septiembre. Pero yo tenía trece y no pensaba en mates, ni sociales. Yo me reunía por las tardes con unos vecinos en su casa, y allí nos pasábamos la tarde y parte de la noche viendo películas en VHS.

Ellos eran tres hermanos, dos chicos y una chica. Ella era preciosa, un poco gordita pero muy sexy. Tenía los ojos más azules que he visto. Y la nariz espolvoreada con pequitas. Yo la adoraba, estuvimos tonteando como un mes; estábamos siempre juntos, nos rozábamos lo que podíamos, incluso nos metíamos mano en la piscina, todo jugando. Un día ella me dijo: Pídemelo. Inmediatamente supe lo que quería, pero me daba mucha vergüenza. Aún sabiendo la respuesta, tardé dos días en pedírselo. Al fin me acerqué a su oído, para que nadie más lo oyera y le dije: ¿Quieres enrollarte conmigo? Mi primer beso fue con lengua. Al principio lo encontré muy violento e intromisivo, pero enseguida le cogí el gustillo. Nos refugiábamos debajo de una manta para escondernos de sus hermanos. Entonces creíamos que eran como capas élficas y que no notarían nada. Ahora estoy convencido de que lo sabían todo. Nos besamos durante tanto rato que los labios se nos hincaron. Yo notaba el bello sobres sus labios rozándome hasta el escozor en mi cara aún imberbe. Me encantaba. Recuerdo el momento en el que le di el primer beso, por qué estuvimos acercadnos y alejándonos como media hora. Coincidió exactamente con el momento en que el enmascarado dice: Amor verdadero, y Billy Cristal no quiere reconocer la noble causa. Suena más cursi de lo que me pareció en aquel momento. A veces recordar es algo complicado.

-¿Te la tiraste? - Kike escupió sus sapos.

-Joder, tengo que dejar de pensar en voz alta. No me la tiré, solo me la machacó un par de veces.

- Haciendo mantequilla, ¿eh?- Sí, Kike es así. Y a veces, yo tampoco lo soporto.

-Bueno, ¿así que Christopher Lambert? -bendito Quique el salvavidas. Gracias tío.

-Greystoke. Puto hombre mono.

Yo por aquel entonces no lo sabía, pero unos meses más tarde, perdería mi virginidad viendo Greystoke, la leyenda de Tarzán. Sería curioso escuchar mezclados el ulular de Christopher Lambert y los gemidos de mi novia. Vendría bien para que sus padres, durmiendo en la habitación al fondo del pasillo, no supieran lo que hacíamos.

martes, 19 de mayo de 2009

Taller Narrativa 12 Pivote más recuerdo.

Un pivote conduce a un recuerdo.


Hoy estaba sentado en los ferrocarriles, como de costumbre, ya sabéis que siempre me ocurren cosas raras cuando viajo en tren, cuando se me ha acercado una anciana. Balbuceaba en lo que parecía un idioma propio, al menos yo no lo había escuchado nunca. Parecía seriamente preocupada y con cada silaba que pronunciaba, me llenaba la solapa de la chaqueta de pequeños perdigonazos salivares. Realmente desagradable. Al principio me he pensado que intentaba decirme algo, pero luego me he dado cuenta de que no estaba hablando conmigo, sino hablando sola. Sí, incluso tenía la vista perdida en algún lugar muy lejos del vagón. ¿Cómo no me habré dado cuenta que sus ojos no me veían? Ni siquiera se había acercado a mí, no tenía la menor idea de que yo, o cualquiera de los otros viajeros, estábamos a su alrededor. Realmente estaba ida, pobre mujer. Llevaba puestas una zapatillas de franela marrones, de hombre, varias tallas más grandes que sus pequeños pies. Obviamente eran de su marido. Quizás él murió y le dejó como única herencia esas andrajosas zapatillas de estar por casa. Los pantalones eran de pijama, uno de esos de los años ochenta y que nadie se atrevería a reconocer que ha tenido, y en la parte del torso una camiseta muy holgada con un enorme logotipo de Nike, estampado en plata, sobre el pecho. Nadie en el vagón demostraba percatarse del show, y aunque la perturbada anciana armaba un escándalo de órdago, torcían la cabeza hacía las negras ventanas por las que solo se vía túnel y más túnel; algunos subían el volumen de sus ipods, como si el volumen desmesurado los eximiera de culpa. Yo no podía desviar la mirada de las zapatillas de franela. Roídas. De marrón mugriento, con líneas verticales de un marrón mugriento más claro. Una suela de goma recauchutada, una y mil veces por el zapatero, de un color que quizás alguna vez fue rosa. Zapatillas de olor rancio y mohoso. Las mismas zapatillas que acostumbraba a utilizar mi abuelo. El mismo olor a vida estancada que se me impregnaba cuando íbamos a visitarlo a la residencia. Yo apenas contaba diez años, y poco más de un metro treinta de altura. Bajo para mi edad, me sentía paseando por una ciudad de ancianos rascacielos, cuya masa estructural no podía aguantarse a sí misma. Edificios que podían derrumbarse sobre mí. Así es como veía a los habitantes de ese lugar tan espeluznante. No podía soportar que mi abuelo, el de las zapatillas de franela, estuviera rodeado constantemente de tal deterioro. Cuando uno es pequeño, y a veces no es algo que se pase con la edad, no puede ver a sus seres queridos como personas normales, mortales, humanas. Yo no conocía por aquel entonces la entropía, no podía ponerle nombre pero la vía, la reconocía y a base de visitas dominicales, aprendí a temerla. Con el tiempo, fui notando como las zapatillas estaban más y más ajadas a cada visita. Ahora una suela un poco despegada; luego un pequeño agujero en la punta, producido por el roce prolongado durante años de la uña del dedo gordo.La visión de las zapatillas se fue haciendo cada vez más insoportable. Angustiado me refugiaba debajo de una mesa, en el fondo de una sala, la sala de los velatorios, así me aseguraba de que nadie entrara. Soledad por aprensión. Ahora me doy cuenta de cuantas cosas aprendí en aquel lugar. Me sentaba en la oscuridad y pensaba en todas aquellas personas que vivían allí, en todos esos edificios ruinosos que paseaban por los pasillos con rumbo errático. Me fascinaba pensar que esos rascacielos tuvieran en su interior un centenar, quizás un millar, de personas viviendo en su interior. Bueno, quizás ahora no, pero seguro que las habían acumulado con el paso de los años. Algunos estarían solos esperando el día de la demolición; otros estarían acompañados el glorioso día del Señor. Un domingo, mis padres me dijeron que podía ir a jugar con mi vecino. Yo no pregunté por qué no íbamos a la residencia, a ver al abuelo, aunque pasó por mi mente. No pregunté. En vez de eso, corrí a casa de mi vecino, un chaval muy extraño. No me caía bien, era demasiado delgado y siempre estaba hablando de que su padre, en realidad, no era su padre. A veces jugaba a inventarse quien era su padre, futbolistas, famosillos de la tele, toreros, lo que fuera. A mí me daba escalofríos. No sé bien por qué, pero ese día le pareció buena idea que revolviéramos entre la basura de mi casa, a ver si encontrábamos alguna cosa valiosa con la que jugar. Valiosa o peligrosa, tanto era. Yo no puse ninguna objeción. No sé por qué. Como era la basura de mi casa era mi prerrogativa empezar la excavación arqueológica. Levanté la tapa metálica del cubo, al que tantas veces había dado de comer después de cenar, y allí estaban. Las zapatillas de franela marrón con la suela un poco despegada y un agujero en la punta del pie izquierdo. No puedo decir que sintiera tristeza al verlas, un poco de angustia, pero no tristeza. Escombros de muchas vidas, pensé. Las retiré del cubo y me dirigí a mi habitación. Mi vecino, como habréis visto no he querido mencionar su nombre, y aunque lo recuerdo a la perfección no lo haré, me gritaba a mis espaldas. Creo que quería que volviera pero no estoy seguro. Al final se cansó y volvió a revolver entre la basura. Allí espero que esté ahora mismo.Respecto a las zapatillas, todavía las guardo en una caja de cartón. Mis padres nunca se enteraron de que yo guardo este insólito recuerdo de mi abuelo. Realmente nunca quise a mi abuelo, era demasiado grande, demasiado viejo para mí. Una vida entera se interponía entre nosotros. También es cierto que nunca se comportó conmigo como lo hacen los abuelos en las películas, nunca me leyó un cuento o veló por mí cuando estaba enfermo. Pero tampoco le guardaba ningún rencor; le tenía mucho cariño, por haber sido el padre de mi padre.
El tren está entrando en mi estación. La excéntrica mujer hace rato que se ha bajado del vagón.

Nota mental: cuando llegue a casa tiraré esas mohosas zapatillas.

Taller Narrativa 11 Diálogo despido.

Un diálogo sobre un despido.


-¿Por qué no me lo dijiste anoche?, ¡mientras me la metías! 

-Vamos... Helena...-dijo él con voz de súplica. 

-¿Vamos qué?...¿Vamos a la cama? ... ¿Vamos a cenar?... o ¿vete a tu puta casa, Helena?, ya no te necesito.

-Estás confundiendo las cosas. No es un asunto personal.-Hizo una pausa para intentar que sus palabras fueran lo más convincentes. Pero no se creía capaz de dar verosimilitud a su discurso. Realmente eso era lo que menos le importaba; temía más los gritos, que pudieran oírse desde el piso de arriba, dónde estaban los jefes.- han habido recortes en los presupuestos, y tu trabajo es el más superfluo. 

- Primero te acuestas conmigo, y no una vez, siete ni más ni menos; y luego me despides porque no sirvo, ¿es eso? -La voz de ella se tornaba más nerviosa de lo aceptable. Pero Tomás ya se lo esperaba. En este mes que había transcurrido desde que la contratará había llegado a conocerla bastante bien. "Más de lo que realmente querría"- pensó.

-¿No tienes nada que decir?- Chilló ella. El grito traspaso los cristales e hizo que todas las cabezas del departamento se alzaran para observar la escena. 

-CÁLLATE NEURÓTICA DE MIERDA.-La autoridad le salía por la boca con autoridadcastrense. 

Los ojos de Helena se abrieron de par en par, y como quien abre un grifo para quitarse el sudor de encima, se llenaron de lágrimas. 

-He intentado hacer esto por las buenas. He intentado no hacerte daño, pero me lo estás poniendo muy difícil. ¡Cállate, déjame hablar! Ha pasado un mes desde que entraste a trabajar aquí, quince días desde que nos acostamos por primera vez. Desde entonces has aparecido en mi   casa todas las noches. Yo no recuerdo haberte invitado ni una sola. NI UNA SOLA. Estás loca Helena, necesitas ayuda.

-Te voy a de-demandar por acoso.- La lengua se le trababa por la ansiedad.- Acoso sexual.

-Pero dónde te crees que estas, ¿eh?. Esto no es Ally Mcbeal.

Taller Narrativa 10 Crisis de los 30 mujer

Monólogo interior de una chica en la crisis de los 30.


Es este espejo. No puede ser que me haya engordado tanto. ¿A quién quieres engañar?, los pantalones me aprietan, ya no tengo el mismo tipo que cuando tenía 18... o 25. Joder. ¿Es que el tiempo no me va a dar un respiro? Ya he roto la barrera de los treinta. Y sigo soltera, voy a quedarme sola para siempre. Ayer casi me echo a llorar al ver el crío que ha tenido la Patri. Dios, si no me gustan los niños. Llevo años diciendo que no quiero tener hijos, y ¿por qué ahora compro revistas para madres? "Se te va a pasar el arroz" me decía mi madre, cada vez que cenaba en su casa. Ahora ya no. No me lo dice, por qué sabe que es cierto. Se me está pasando  de verdad. ¿Y si me tiro al primero que encuentre en el Razz? Pero que digo, podría salir con tres ojos, o tres piernas. Pues hay centros de inseminación, lo he visto en las pelis. Esos donde escoges el color de los ojos, el color del pelo, el CI del padre, elevalunas eléctricos, airbag para el copiloto. Mejor sería adoptar un niño en África. Aunque creo que lo ponen muy difícil. Está bien, pon tú que consigo un hijo, ¿y luego qué? Si a penas puedo cuidar de mi misma, como voy a cuidar un bebé. Tendré que renunciar a salir con las de la uni los juevas. Que tío va a querer acostarse con una madre soltera. "Oye, por cierto que tengo un crío." Menudas risas nos echaríamos. Es muy duro llegar a casa y estar sola. Un bebé. Sus risas cuando me vea, sus primeros pasos, sus primeras palabras. Sus llanos, salir a las once de la noche cuando se ponga a 39º, los pañales sucios, darle de comer cada tres horas. Olvidarme de los fines de semana en casa de Helena, salir de marcha, emborracharme en las cenas. Mejor me compro un gato.

martes, 28 de abril de 2009

Mini dosis de narcisismo 02



Otra buena sorpresa, esta vez para mi cumpleaños. Obra del gran David, al que podéis ver en su blog. Gracias Dave!

Curioso como me complementan los animalejos. 

Mini dosis de Narcisismo 01


Este es un regalo que me hizo mi hermano. Fue una muy grata sorpresa. Ahora tengo que encontrarle un marco apropiado para poderlo colgar en casa. Gracias Bro.!

Hago notar el detalle de la Musaraña Rabiosa.

lunes, 30 de marzo de 2009

Taller Narrativa 9.2

Monólogo interior.


La noche consume mis huesos con sus fríos dedos. está matando mi tuétano. pudre mi sangre. como el tiempo pudrió el alma de Virginia. ¡Oh! amada mía. cómo te hecho de menos. no olvido tu vómito sangriento en una noche como ésta de hace ya tres años. asustaste a nuestros invitados. me aterrorizaste a mi. sentí el miedo. como nunca antes. temí perder mi ave del paraíso. poco después te fuiste. mas pronto me reuniré contigo. no llegaré a la próxima primavera. ya no puedo sujetar mi estilográfica. mis temblores me impiden escribir. para que quiero vivir si no puedo ya ensalzar tu belleza. tu recuerdo. solo espero que mi alma no esté condenada. que mi destino no sea diferente al tuyo. encontrémonos en los círculos más elevados. huyamos del calor del fuego. del tridente y el carbón. me arrepiento. yo me fui contigo el día de tu muerte. desde entonce he vagado. he sido indigno. he odiado. me he odiado por no poder evitar tu marcha. cielo santo. perdóname. deseo que la tinta que perdure ensalce la belleza. no la vileza. No pude ser mejor en un mundo tan imperfecto. cruel castigo sería para mi apartarme de Virgina para la eternidad. no verla ya nunca más.

Taller Narrativa 9.1

Narrador Omnisciente, psicorrelato.


El día tres de octubre de 1849 cuatro respetables hombres de la ciudad de Baltimore, salían del colegio electoral dónde habían ejercido su santo derecho para con el país, cuando encontraron tumbado en el suelo, recostado sobre sus propias excreciones, a un pobre diablo.
Los cuatro amigos, que con el orgullo que otorga el deber cumplido se dirigían al pub La garza, giraron la cabeza en otra dirección para ignorar al despojo humano; mas como humano que era emitió un un débil quejido, tan fino que como una aguja fue a clavarse en el corazón de la culpabilidad de uno de los votantes. Vamos a llamarlo X. Cuando X se detuvo y se acerco al beodo, no obtuvo precisamente el entusiasmo de sus compañeros, más fríos y desalmados. Aún con los reproches, el grupo se detuvo para asistir al necesitado. Tumbado en el húmedo suelo parecía un payaso decadente: el pelo revuelto y sucio, ropas de unas cuantas tallas más grandes y una expresión de cruda tristeza en su rostro. Uno de los forzosos samaritanos, llamémosle Y, no pudo contener una sardónica risa. En seguida X le hizo callar, con un gesto afectado confesó que conocía a aquel hombre, no a la persona, pero si su obra. Aquel era el ilustre poeta Edgar Allan Poe. Lo dijo con toda solemnidad que el momento permitía. A lo que Y añadió: "O lo que queda de él". El sr. Poe no parecía tener más que un frágil hilo de conciencia y no contestó a ninguna de las preguntas que le formularon. Solamente balbuceaba palabras sin sentido como: "vómito, ave, sangre, primavera, estilográfica, abandono y lamento."
X le pidió a Z, el más joven del grupo, que acudiera rápidamente al pub para solicitar asistencia médica. No tardo en llegar un médico, seguido de una ambulancia. Cuando los sanitarios levantaron al Sr. Poe para recostarlo sobre la camilla, X vio en el suelo un diario con tapas de cuero y un cordón que lo anudaba para que no se abriera. Se agachó a recogerlo pero el médico fue más veloz y lo guardó en su maletín, argumentando que la propiedades del paciente han de ser llevadas al hospital. Una vez el enfermo fue subido al carro médico, se lo llevaron de ahí sin dar más explicaciones. X no tuvo ganas de celebraciones y se fue a casa, mientras W, Y y Z, continuaron su fiesta en el pub La garza.
El día después del incidente, X sintió un malestar que le impedía concentrarse, poco le importaban ya los resultados de las votaciones, escaso fue la atención que le prestó a su joven esposa, que acabó por sugerirle, amablemente, que fuera a visitar al tal Poe, o no encontraría descanso su desazón. Así lo hizo, tardó en localizar el hospital al que habían llevado al enfermo, y cuando llegó, la enfermera le comunicó que Edgar Poe había muerto esa misma madrugada. Pero no pudo ofrecerle más ayuda, pues se desconocían las causas de su muerte; la policía no había averiguado nada de las extrañas vestimenta, ni aún siquiera, que hacía Poe en la ciudad, ya que residía en Richmond. Intrigado por lo bizarro del caso, X preguntó por el diario que encontraron junto a los vómitos. Nada, ni rastro. Ni enfermeras, ni médicos ni policía pudieron dar con el. Aún hoy nadie sabe lo que ocurrió esa fría y húmeda noche de octubre.