miércoles, 26 de agosto de 2009

Segunda incursión breve en el Cómic

Ya está anunciada mi segunda incursión en el mundo del cómic. Igualmente breve que la anterior, está es más pretenciosa. Habrá que esperar a tener la copia impresa en las manos para poder ver el resultado, pero aquí podéis ver la primera página.

Me llena de gozo poder decir que en esta ocasión he podido colaborar con David Güell.
Gracias también a los amigos de la revista Cthulhu.

miércoles, 17 de junio de 2009

Taller Narrativa 15 - Atmosfera


La rueda sobre los enamorados. Seguidos por el Ermitaño, el Emperador y el Mago. La esfinge de la Rueda de la fortuna le pregunta al Edipo de los Enamorados por las tres edades del hombre. Ermitaño, Emperador, Mago.



Pienso en que si superas el Edipo te conviertes en emperador. Si te dejas llevar y lo abrazas, te conviertes en mago o taumaturgo. Si luchas eternamente contra el Edipo te conviertes en Ermitaño. ¿Cuál es la versión moderna del Edipo? ¿Fue Edipo la primera víctima de una familia desestructurada? ¿Quedará substituida la realeza por la fama?



Sobreponerse a la frustración que una madre proyecta sobre su hijo, que al final acaba por superar a su padre pusilánime. Una madre que lee el diario de su niño, para tener presentes sus puntos flacos. Un padre que no quiere que le llamen papá.



Tengo que reconocer que la tirada del Tarot es sugerente, los arcanos parecen hablarme directamente a mí, saltándose a la fraudulenta médium que tengo sentada en frente. Absorto en mis pensamientos apenas presto atención a sus embustes. Cuando he llegado no he mostrado interés a la sala donde hace las predicciones. Parece que está acabando sus febriles predicciones. Yo asiento con la cabeza si saber. Meto mi mano en el bolsillo con dificultad, mientras miro entre las sombreas la decena de figuras de santos y diversos amuletos que decoran la estancia. Me llama la atención la triste mirada de un busto de Cristo, la corona de espinas le lacera la frente y por las mejillas resbalan lágrimas de gusto metálico. El horror de la Pasión; a mi mente acude la imagen de una madre que ve como torturan a su único hijo hasta la muerte. La escena se marcha dejando tras de sí un regusto amargo a depresión. A su lado, unas cortinas de terciopelo granate ocultan algo; quizás el cuerpo de Cristo, el que le falta al busto. Saco la mano del bolsillo, unas monedas salen despedidas y no tengo ganas de recogerlas. Pago a la vidente y me levanto. Necesito salir de allí, las medias luces empiezan a escocerme en los ojos y el aire parece no querer entrar en mis pulmones. Tal vez es la sala la que quiere que me marche. Me está echando. Los ojos de la visionaria me acosan nerviosos, como si pudiera ver algo más en mi rostro, algo más que la expresión de horror. A fuera, solo me espera el agua que baña de melancolía el otoño. Últimamente las húmedas calles se han convertido en mi hogar. Escenario de mi infructuosa búsqueda.



Salí del local, después de una clandestina conversación con arcanos olvidados, tal y como había entrado. Seguía sin saber de que podía escribir.



Taller Narrativa 14 - Ritmo rápido, ritmo lento.


Salen del taxi a trompicones, Jonás se entretiene pagando la carrera. Raquel espera en la acera aprovechando para encenderse un cigarrillo. Él la coge del brazo, impaciente la arrastra al interior del Hotel. El cigarrillo vuela hasta el asfalto. En la recepción, el responsable del turno de noche mira su reloj. Marcan las dos de la madrugada.

-¿Que desean a estas horas? -dice con desconfianza.

-Una habitación, claro está, -responde Jonás, con rostro serio. Y añade- Y pocas preguntas.

El recepcionista mira a Raquel con los ojos entrecerrados, intenta parecer suspicaz. Muy poco efectivo. Ella se mueve inquieta, da vueltas sobre sí misma, clava sus tacones en la moqueta.

Jonás tose para precipitar los acontecimientos. Y, como en una película de serie B, funciona.

Rellenan los papeles al vuelo, apenas se entiende la letra, le lanza la visa a través del mostrador y cogen la llave de un tirón.

El viaje en ascensor se hace eterno, suben hasta el tercer piso. Suena Richard Clayderman y su Claro de luna. Parece que el piano ralentice el tiempo. Raquel se acerca cada vez más a Jonás. Cuando el dorso de sus manos se toca, una descarga eléctrica les sube por la columna. Ella se muerde el labio inferior. Él se desabrocha el cuello de la camisa. La corbata se ha quedado en el taxi, pero no importa. Esta noche no importa nada.

Con la ansiedad le cuesta abrir la puerta. Malditas tarjetas perforadas, piensa.

Una vez en el interior, apenas tienen tiempo de encender la luz. Para cuando él se ha desabrochado el siguiente botón de la camisa, Raquel ha dejado caer el bolso, el cinturón de Gucci, y tiene los pantis por debajo de las rodillas. Se miran un instante para fundirse en un beso apasionado. Ella le quita la ropa a Jonás, y lo tumba en la cama. Se sube sobre él, con la minifalda aun más arriba. Se quita el top y el sujetador de una tacada, sin dejar de mirarle a los ojos. Profundo y oscuros. Perfilados con lápiz de ojos negro, como una maharaní.

Ambos respiran irregularmente, abandonados a la pasión. Ella baja su mano izquierda hasta su entrepierna desnuda. Coge a Jonás por su orgullo y busca a ciegas la consumación. Durante la siguiente media hora ella cabalga sobre el placer más intenso. Los siguientes veinte minutos, es Jonás quien penetra a Raquel por detrás. En un increscendo cada vez más salvaje, Jonás siente que no puede contener su egoísmo. Empuja cada vez más rápido, cada vez más fuerte. Más profundo. Más intenso. Gime. Grita. Explota. Espasmos y estertores. El orgasmo llega contundente. Le golpea en el mentón con la fuerza de un peso pesado.

-¿Estás bien? -pregunta Raquel. Pero realmente no le interesa la respuesta. Es tarde y está cansada.

Jonás asiente con un sonido gutural, salido desde lo más profundo de su garganta, desde lo más antiguo de la evolución. Se acuesta en la cama, junto a Raquel, y la abraza. Está intranquilo. Algo se ha roto, aún no puede tomar consciencia de ello, pero la nube de hormonas se disipa rápidamente. Pronto se escucha la respiración pesada de la tierna amante. Jonás no consigue conciliar el sueño, su mente da vueltas sobre sí misma, intenta encontrar un agujero por el que pueda escapar la culpabilidad. Parece que no hay fisuras en la mente pervertida. Se levanta y abre la ventana, intenta que el aire fresco de la noche mitigue la ansiedad. Lejos de suceder, parece que el sentimiento crece como la marea. La luz de la luna acaricia las caderas de Raquel, limpias, suaves, tersas. Jonás se sienta al borde de la cama, gira su cabeza para observarla. Es hermosa. Todas sus curvas, su piel inmaculada, incluso el tímido bello que nace en la base de su espalda. Jonás es consciente de que está enfermo. Pero la mira y siente deseos de hacerle el amor otra vez. Se echa las manos a la cabeza, y apoyando los codos en sus rodillas, se echa a llorar.

- Solo tiene quince años. -Entre sollozos se confiesa.

Lágrimas culpables mojan la moqueta de este hotel de cinco estrellas. Situado en el centro de la ciudad, parece estar ubicado en el centro del infierno. Las cortinas se agitan en por la habitación por la brisa nocturna, parecen escandalizados testigos. Las venas del cuello de Jonás están hinchadas y el corazón bombea al límite de la salud. Su propio cuerpo parece rechazar sus actos. Vuelve a mirar sobre su hombro, Raquel sigue durmiendo. Mejillas húmedas y culpables. Suspira angustiado por qué sabe que volverá a poseerla. Va a practicar el sexo mientras duerme. Pero que puede hacer, no tiene voluntad sobre sus actos. Cree que su alma está podrida.

lunes, 1 de junio de 2009

Taller Narrativa 13 - FLASH forward back y elipsis.



-¿Cuales creéis que son las tres peores películas de la historia? -preguntó Quique. Es un juego que hacemos habitualmente cuando nos encontramos en el bar. Cualquier bar.

-Plan 9 - dije muy seguro de mí mismo.

-Vamos esa no vale, es tan mala que es buena. Ha dado toda la vuelta a la rosca de la mediocridad.

Éste era Kike, que no Quique el de: cuales son las peores pelis; sino Kike, el de: a esa le ponía una bolsa en la cabeza y me la tiraba. Sí, no era un tipo muy sutil, pero entendía de cine. Y a veces, que alguien tenga tema de conversación interesante es suficiente.

-Vale, ya lo tengo. - Intervine para que la conversación no se fuera por los tortuosos caminos de la depravación sexual. Como veréis más adelante, no lo conseguí. - Druidas y Beowulf, la del 99.

- Vaya, las dos de Christopher Lambert. Aceptamos barco como animal acuático.

-La princesa prometida.- añadió Kike.- Bodrio infumable.

-Que dices tío. A mí me mola mogollón. -No tendría que haberlo dicho, pero lo hice.

Yo me había pegado el lote por primera vez con una chica mientras veíamos esa peli. No fue un momento muy romántico pero ¿qué puedes esperar con trece años? Como ya he dicho, nunca había besado a una chica- ni a un hombre tampoco, eso llegaría más tarde- así que estaba muy nervioso; a la postre, ella era tres años mayor que yo, además tenía una 115 de pecho, y a esa edad esas cosas importan mucho. Era en pleno mes de agosto, durante las vacaciones. Yo nunca tuve los dos meses y medio de descanso escolar, por qué siempre suspendía unas cuantas y debía estudiar para los exámenes de septiembre. Pero yo tenía trece y no pensaba en mates, ni sociales. Yo me reunía por las tardes con unos vecinos en su casa, y allí nos pasábamos la tarde y parte de la noche viendo películas en VHS.

Ellos eran tres hermanos, dos chicos y una chica. Ella era preciosa, un poco gordita pero muy sexy. Tenía los ojos más azules que he visto. Y la nariz espolvoreada con pequitas. Yo la adoraba, estuvimos tonteando como un mes; estábamos siempre juntos, nos rozábamos lo que podíamos, incluso nos metíamos mano en la piscina, todo jugando. Un día ella me dijo: Pídemelo. Inmediatamente supe lo que quería, pero me daba mucha vergüenza. Aún sabiendo la respuesta, tardé dos días en pedírselo. Al fin me acerqué a su oído, para que nadie más lo oyera y le dije: ¿Quieres enrollarte conmigo? Mi primer beso fue con lengua. Al principio lo encontré muy violento e intromisivo, pero enseguida le cogí el gustillo. Nos refugiábamos debajo de una manta para escondernos de sus hermanos. Entonces creíamos que eran como capas élficas y que no notarían nada. Ahora estoy convencido de que lo sabían todo. Nos besamos durante tanto rato que los labios se nos hincaron. Yo notaba el bello sobres sus labios rozándome hasta el escozor en mi cara aún imberbe. Me encantaba. Recuerdo el momento en el que le di el primer beso, por qué estuvimos acercadnos y alejándonos como media hora. Coincidió exactamente con el momento en que el enmascarado dice: Amor verdadero, y Billy Cristal no quiere reconocer la noble causa. Suena más cursi de lo que me pareció en aquel momento. A veces recordar es algo complicado.

-¿Te la tiraste? - Kike escupió sus sapos.

-Joder, tengo que dejar de pensar en voz alta. No me la tiré, solo me la machacó un par de veces.

- Haciendo mantequilla, ¿eh?- Sí, Kike es así. Y a veces, yo tampoco lo soporto.

-Bueno, ¿así que Christopher Lambert? -bendito Quique el salvavidas. Gracias tío.

-Greystoke. Puto hombre mono.

Yo por aquel entonces no lo sabía, pero unos meses más tarde, perdería mi virginidad viendo Greystoke, la leyenda de Tarzán. Sería curioso escuchar mezclados el ulular de Christopher Lambert y los gemidos de mi novia. Vendría bien para que sus padres, durmiendo en la habitación al fondo del pasillo, no supieran lo que hacíamos.

martes, 19 de mayo de 2009

Taller Narrativa 12 Pivote más recuerdo.

Un pivote conduce a un recuerdo.


Hoy estaba sentado en los ferrocarriles, como de costumbre, ya sabéis que siempre me ocurren cosas raras cuando viajo en tren, cuando se me ha acercado una anciana. Balbuceaba en lo que parecía un idioma propio, al menos yo no lo había escuchado nunca. Parecía seriamente preocupada y con cada silaba que pronunciaba, me llenaba la solapa de la chaqueta de pequeños perdigonazos salivares. Realmente desagradable. Al principio me he pensado que intentaba decirme algo, pero luego me he dado cuenta de que no estaba hablando conmigo, sino hablando sola. Sí, incluso tenía la vista perdida en algún lugar muy lejos del vagón. ¿Cómo no me habré dado cuenta que sus ojos no me veían? Ni siquiera se había acercado a mí, no tenía la menor idea de que yo, o cualquiera de los otros viajeros, estábamos a su alrededor. Realmente estaba ida, pobre mujer. Llevaba puestas una zapatillas de franela marrones, de hombre, varias tallas más grandes que sus pequeños pies. Obviamente eran de su marido. Quizás él murió y le dejó como única herencia esas andrajosas zapatillas de estar por casa. Los pantalones eran de pijama, uno de esos de los años ochenta y que nadie se atrevería a reconocer que ha tenido, y en la parte del torso una camiseta muy holgada con un enorme logotipo de Nike, estampado en plata, sobre el pecho. Nadie en el vagón demostraba percatarse del show, y aunque la perturbada anciana armaba un escándalo de órdago, torcían la cabeza hacía las negras ventanas por las que solo se vía túnel y más túnel; algunos subían el volumen de sus ipods, como si el volumen desmesurado los eximiera de culpa. Yo no podía desviar la mirada de las zapatillas de franela. Roídas. De marrón mugriento, con líneas verticales de un marrón mugriento más claro. Una suela de goma recauchutada, una y mil veces por el zapatero, de un color que quizás alguna vez fue rosa. Zapatillas de olor rancio y mohoso. Las mismas zapatillas que acostumbraba a utilizar mi abuelo. El mismo olor a vida estancada que se me impregnaba cuando íbamos a visitarlo a la residencia. Yo apenas contaba diez años, y poco más de un metro treinta de altura. Bajo para mi edad, me sentía paseando por una ciudad de ancianos rascacielos, cuya masa estructural no podía aguantarse a sí misma. Edificios que podían derrumbarse sobre mí. Así es como veía a los habitantes de ese lugar tan espeluznante. No podía soportar que mi abuelo, el de las zapatillas de franela, estuviera rodeado constantemente de tal deterioro. Cuando uno es pequeño, y a veces no es algo que se pase con la edad, no puede ver a sus seres queridos como personas normales, mortales, humanas. Yo no conocía por aquel entonces la entropía, no podía ponerle nombre pero la vía, la reconocía y a base de visitas dominicales, aprendí a temerla. Con el tiempo, fui notando como las zapatillas estaban más y más ajadas a cada visita. Ahora una suela un poco despegada; luego un pequeño agujero en la punta, producido por el roce prolongado durante años de la uña del dedo gordo.La visión de las zapatillas se fue haciendo cada vez más insoportable. Angustiado me refugiaba debajo de una mesa, en el fondo de una sala, la sala de los velatorios, así me aseguraba de que nadie entrara. Soledad por aprensión. Ahora me doy cuenta de cuantas cosas aprendí en aquel lugar. Me sentaba en la oscuridad y pensaba en todas aquellas personas que vivían allí, en todos esos edificios ruinosos que paseaban por los pasillos con rumbo errático. Me fascinaba pensar que esos rascacielos tuvieran en su interior un centenar, quizás un millar, de personas viviendo en su interior. Bueno, quizás ahora no, pero seguro que las habían acumulado con el paso de los años. Algunos estarían solos esperando el día de la demolición; otros estarían acompañados el glorioso día del Señor. Un domingo, mis padres me dijeron que podía ir a jugar con mi vecino. Yo no pregunté por qué no íbamos a la residencia, a ver al abuelo, aunque pasó por mi mente. No pregunté. En vez de eso, corrí a casa de mi vecino, un chaval muy extraño. No me caía bien, era demasiado delgado y siempre estaba hablando de que su padre, en realidad, no era su padre. A veces jugaba a inventarse quien era su padre, futbolistas, famosillos de la tele, toreros, lo que fuera. A mí me daba escalofríos. No sé bien por qué, pero ese día le pareció buena idea que revolviéramos entre la basura de mi casa, a ver si encontrábamos alguna cosa valiosa con la que jugar. Valiosa o peligrosa, tanto era. Yo no puse ninguna objeción. No sé por qué. Como era la basura de mi casa era mi prerrogativa empezar la excavación arqueológica. Levanté la tapa metálica del cubo, al que tantas veces había dado de comer después de cenar, y allí estaban. Las zapatillas de franela marrón con la suela un poco despegada y un agujero en la punta del pie izquierdo. No puedo decir que sintiera tristeza al verlas, un poco de angustia, pero no tristeza. Escombros de muchas vidas, pensé. Las retiré del cubo y me dirigí a mi habitación. Mi vecino, como habréis visto no he querido mencionar su nombre, y aunque lo recuerdo a la perfección no lo haré, me gritaba a mis espaldas. Creo que quería que volviera pero no estoy seguro. Al final se cansó y volvió a revolver entre la basura. Allí espero que esté ahora mismo.Respecto a las zapatillas, todavía las guardo en una caja de cartón. Mis padres nunca se enteraron de que yo guardo este insólito recuerdo de mi abuelo. Realmente nunca quise a mi abuelo, era demasiado grande, demasiado viejo para mí. Una vida entera se interponía entre nosotros. También es cierto que nunca se comportó conmigo como lo hacen los abuelos en las películas, nunca me leyó un cuento o veló por mí cuando estaba enfermo. Pero tampoco le guardaba ningún rencor; le tenía mucho cariño, por haber sido el padre de mi padre.
El tren está entrando en mi estación. La excéntrica mujer hace rato que se ha bajado del vagón.

Nota mental: cuando llegue a casa tiraré esas mohosas zapatillas.

Taller Narrativa 11 Diálogo despido.

Un diálogo sobre un despido.


-¿Por qué no me lo dijiste anoche?, ¡mientras me la metías! 

-Vamos... Helena...-dijo él con voz de súplica. 

-¿Vamos qué?...¿Vamos a la cama? ... ¿Vamos a cenar?... o ¿vete a tu puta casa, Helena?, ya no te necesito.

-Estás confundiendo las cosas. No es un asunto personal.-Hizo una pausa para intentar que sus palabras fueran lo más convincentes. Pero no se creía capaz de dar verosimilitud a su discurso. Realmente eso era lo que menos le importaba; temía más los gritos, que pudieran oírse desde el piso de arriba, dónde estaban los jefes.- han habido recortes en los presupuestos, y tu trabajo es el más superfluo. 

- Primero te acuestas conmigo, y no una vez, siete ni más ni menos; y luego me despides porque no sirvo, ¿es eso? -La voz de ella se tornaba más nerviosa de lo aceptable. Pero Tomás ya se lo esperaba. En este mes que había transcurrido desde que la contratará había llegado a conocerla bastante bien. "Más de lo que realmente querría"- pensó.

-¿No tienes nada que decir?- Chilló ella. El grito traspaso los cristales e hizo que todas las cabezas del departamento se alzaran para observar la escena. 

-CÁLLATE NEURÓTICA DE MIERDA.-La autoridad le salía por la boca con autoridadcastrense. 

Los ojos de Helena se abrieron de par en par, y como quien abre un grifo para quitarse el sudor de encima, se llenaron de lágrimas. 

-He intentado hacer esto por las buenas. He intentado no hacerte daño, pero me lo estás poniendo muy difícil. ¡Cállate, déjame hablar! Ha pasado un mes desde que entraste a trabajar aquí, quince días desde que nos acostamos por primera vez. Desde entonces has aparecido en mi   casa todas las noches. Yo no recuerdo haberte invitado ni una sola. NI UNA SOLA. Estás loca Helena, necesitas ayuda.

-Te voy a de-demandar por acoso.- La lengua se le trababa por la ansiedad.- Acoso sexual.

-Pero dónde te crees que estas, ¿eh?. Esto no es Ally Mcbeal.

Taller Narrativa 10 Crisis de los 30 mujer

Monólogo interior de una chica en la crisis de los 30.


Es este espejo. No puede ser que me haya engordado tanto. ¿A quién quieres engañar?, los pantalones me aprietan, ya no tengo el mismo tipo que cuando tenía 18... o 25. Joder. ¿Es que el tiempo no me va a dar un respiro? Ya he roto la barrera de los treinta. Y sigo soltera, voy a quedarme sola para siempre. Ayer casi me echo a llorar al ver el crío que ha tenido la Patri. Dios, si no me gustan los niños. Llevo años diciendo que no quiero tener hijos, y ¿por qué ahora compro revistas para madres? "Se te va a pasar el arroz" me decía mi madre, cada vez que cenaba en su casa. Ahora ya no. No me lo dice, por qué sabe que es cierto. Se me está pasando  de verdad. ¿Y si me tiro al primero que encuentre en el Razz? Pero que digo, podría salir con tres ojos, o tres piernas. Pues hay centros de inseminación, lo he visto en las pelis. Esos donde escoges el color de los ojos, el color del pelo, el CI del padre, elevalunas eléctricos, airbag para el copiloto. Mejor sería adoptar un niño en África. Aunque creo que lo ponen muy difícil. Está bien, pon tú que consigo un hijo, ¿y luego qué? Si a penas puedo cuidar de mi misma, como voy a cuidar un bebé. Tendré que renunciar a salir con las de la uni los juevas. Que tío va a querer acostarse con una madre soltera. "Oye, por cierto que tengo un crío." Menudas risas nos echaríamos. Es muy duro llegar a casa y estar sola. Un bebé. Sus risas cuando me vea, sus primeros pasos, sus primeras palabras. Sus llanos, salir a las once de la noche cuando se ponga a 39º, los pañales sucios, darle de comer cada tres horas. Olvidarme de los fines de semana en casa de Helena, salir de marcha, emborracharme en las cenas. Mejor me compro un gato.

martes, 28 de abril de 2009

Mini dosis de narcisismo 02



Otra buena sorpresa, esta vez para mi cumpleaños. Obra del gran David, al que podéis ver en su blog. Gracias Dave!

Curioso como me complementan los animalejos. 

Mini dosis de Narcisismo 01


Este es un regalo que me hizo mi hermano. Fue una muy grata sorpresa. Ahora tengo que encontrarle un marco apropiado para poderlo colgar en casa. Gracias Bro.!

Hago notar el detalle de la Musaraña Rabiosa.

lunes, 30 de marzo de 2009

Taller Narrativa 9.2

Monólogo interior.


La noche consume mis huesos con sus fríos dedos. está matando mi tuétano. pudre mi sangre. como el tiempo pudrió el alma de Virginia. ¡Oh! amada mía. cómo te hecho de menos. no olvido tu vómito sangriento en una noche como ésta de hace ya tres años. asustaste a nuestros invitados. me aterrorizaste a mi. sentí el miedo. como nunca antes. temí perder mi ave del paraíso. poco después te fuiste. mas pronto me reuniré contigo. no llegaré a la próxima primavera. ya no puedo sujetar mi estilográfica. mis temblores me impiden escribir. para que quiero vivir si no puedo ya ensalzar tu belleza. tu recuerdo. solo espero que mi alma no esté condenada. que mi destino no sea diferente al tuyo. encontrémonos en los círculos más elevados. huyamos del calor del fuego. del tridente y el carbón. me arrepiento. yo me fui contigo el día de tu muerte. desde entonce he vagado. he sido indigno. he odiado. me he odiado por no poder evitar tu marcha. cielo santo. perdóname. deseo que la tinta que perdure ensalce la belleza. no la vileza. No pude ser mejor en un mundo tan imperfecto. cruel castigo sería para mi apartarme de Virgina para la eternidad. no verla ya nunca más.

Taller Narrativa 9.1

Narrador Omnisciente, psicorrelato.


El día tres de octubre de 1849 cuatro respetables hombres de la ciudad de Baltimore, salían del colegio electoral dónde habían ejercido su santo derecho para con el país, cuando encontraron tumbado en el suelo, recostado sobre sus propias excreciones, a un pobre diablo.
Los cuatro amigos, que con el orgullo que otorga el deber cumplido se dirigían al pub La garza, giraron la cabeza en otra dirección para ignorar al despojo humano; mas como humano que era emitió un un débil quejido, tan fino que como una aguja fue a clavarse en el corazón de la culpabilidad de uno de los votantes. Vamos a llamarlo X. Cuando X se detuvo y se acerco al beodo, no obtuvo precisamente el entusiasmo de sus compañeros, más fríos y desalmados. Aún con los reproches, el grupo se detuvo para asistir al necesitado. Tumbado en el húmedo suelo parecía un payaso decadente: el pelo revuelto y sucio, ropas de unas cuantas tallas más grandes y una expresión de cruda tristeza en su rostro. Uno de los forzosos samaritanos, llamémosle Y, no pudo contener una sardónica risa. En seguida X le hizo callar, con un gesto afectado confesó que conocía a aquel hombre, no a la persona, pero si su obra. Aquel era el ilustre poeta Edgar Allan Poe. Lo dijo con toda solemnidad que el momento permitía. A lo que Y añadió: "O lo que queda de él". El sr. Poe no parecía tener más que un frágil hilo de conciencia y no contestó a ninguna de las preguntas que le formularon. Solamente balbuceaba palabras sin sentido como: "vómito, ave, sangre, primavera, estilográfica, abandono y lamento."
X le pidió a Z, el más joven del grupo, que acudiera rápidamente al pub para solicitar asistencia médica. No tardo en llegar un médico, seguido de una ambulancia. Cuando los sanitarios levantaron al Sr. Poe para recostarlo sobre la camilla, X vio en el suelo un diario con tapas de cuero y un cordón que lo anudaba para que no se abriera. Se agachó a recogerlo pero el médico fue más veloz y lo guardó en su maletín, argumentando que la propiedades del paciente han de ser llevadas al hospital. Una vez el enfermo fue subido al carro médico, se lo llevaron de ahí sin dar más explicaciones. X no tuvo ganas de celebraciones y se fue a casa, mientras W, Y y Z, continuaron su fiesta en el pub La garza.
El día después del incidente, X sintió un malestar que le impedía concentrarse, poco le importaban ya los resultados de las votaciones, escaso fue la atención que le prestó a su joven esposa, que acabó por sugerirle, amablemente, que fuera a visitar al tal Poe, o no encontraría descanso su desazón. Así lo hizo, tardó en localizar el hospital al que habían llevado al enfermo, y cuando llegó, la enfermera le comunicó que Edgar Poe había muerto esa misma madrugada. Pero no pudo ofrecerle más ayuda, pues se desconocían las causas de su muerte; la policía no había averiguado nada de las extrañas vestimenta, ni aún siquiera, que hacía Poe en la ciudad, ya que residía en Richmond. Intrigado por lo bizarro del caso, X preguntó por el diario que encontraron junto a los vómitos. Nada, ni rastro. Ni enfermeras, ni médicos ni policía pudieron dar con el. Aún hoy nadie sabe lo que ocurrió esa fría y húmeda noche de octubre.

viernes, 13 de marzo de 2009

Taller Narrativa 8

Después de la infidelidad. Una carta.


Helena, a noche no pegué ojo. Pasé varias horas sentado a los pies de la cama. Estuve recordando; el último concierto al que fuimos juntos. Anthony and the Johnsons, ¿lo recuerdas? Yo no me quito de la cabeza esa lágrima que resbaló por tu mejilla. Vi cómo se deslizaba lentamente, parecía respetar el ritmo de la música. Luego en el aparcamiento, cuando te confesaste, entendí que no era lo que yo pensaba, sino tu último sentimiento por mí, que se agarraba a tu barbilla para no caer al abismo.

Soy muy consciente de que yo te empuje a ese acantilado, te fallé una y otra vez. Se que, a tu lado, necesitabas un carácter, y que mis excentricidades no te ayudaron en absoluto. No te escribo esta carta para decirte que he cambiado; que si vuelves a mi lado encontrarás todo aquello que necesitas. No lo haré. No quiero mentirte. Es cierto que tu marcha me ha enseñado algunas cosas, pero sigo siendo yo. Sí que quiero pedirte que vuelvas. Sabes que no vas a encontrar quien te quiera más que yo. Lo sabes.

El amor me hizo cometer muchos errores. Con mis celos estreché tu corsé hasta ahogarte. Te conduje hasta los brazos de otro hombre, y por ello me lamento cada noche. Cuando llega la oscuridad, el hueco que has dejado en mi se desborda hasta hincharme los ojos, hasta que siento mi cabeza a punto de estallar. No puedo culparte pues yo no soy un santo. Por favor, vuelve a mi lado. Llena el vacío que has dejado.

Son las cuatro y media de la mañana. Y hay una frase que no deja de repetirse en mi cabeza: ¡Te necesito! Helena por favor.

Taller Narrativa 7

Sobre el terror / suspense con narrador cámara.


La primera luz del día entra por la ventana e ilumina el rostro de Tomás. Poco a poco va abriendo los ojos. El niño, de apenas nueve años, se levanta del suelo, donde estaba tumbado sobre una manta. Enciende la televisión, que continúa emitiendo nieve. Tomás se dirige a la pared y con un cuchillo hace una muesca en la pared, ya son diecisiete. Se toca el pelo despeinado y se dirige al baño. Como cada vez que quiere mear, pasa por delante de la habitación de sus padres, cuya puerta está atrancada con el sofá y una cómoda. Cuando se acerca, del interior se escuchan los gruñidos y arañazos al otro lado de la puerta; pero el niño pasa rápido y con la cabeza gacha.

Una vez ha acabado con el water, abre el grifo para comprobar si hay agua pero no cae ni una gota. Vuelve al salón y se sienta delante de la ventana. En la calle solo hay desperdicios, papeles que vuelan como matojos del desierto, coches atravesados con los cristales rotos, y restos de sangre, mucha sangre. No hay personas paseando. Tomás coge el Walki talky que hay sobre una mesita y lo enciende. Se escucha un chasquido y nada más, así que lo vuelve a dejar donde estaba. Se levanta y va hasta la cocina. De la nevera saca un cartón de leche y se sirve un vaso. Lo que sale del envase es algún tipo de cuajada y rápidamente la tira al fregadero. Empieza a abrir armarios pero no saca nada de ellos. De repente se escucha un chasquido en el Walki y vuelve corriendo al salón. Lo sostiene cerca de su cara y aprieta el botón.

- ¿Marcos, estás ahí? -pregunta con voz temblorosa. No obtiene respuesta. Vuelve a insistir.-¿Marcos?

- Sí, aquí estoy.

Tomás deja escapar un suspiro al escuchar lo.

- Ha sido uno noche de mierda -comenta Marcos con la voz nerviosa.

- ¿Que ha pasado? - Vuelve a apretar el botón.

- Una de esas cosas ha estado golpeando la puerta. No paraba, te lo juro.

- Sí, mis padr... bueno... esas ... también han estado intentando salir del dormitorio. - Mientras dice esto, la mirada de Tomás se fija en un punto infinito de la pared.

- Deben estar hambrientos.

- ¿Sigue ahí fuera?

- No, creo que no... pero tengo un problema... no me queda comida en casa... voy a tener que salir.

- ¡Pero que dices! No puedes salir con esas cosas fuera -le contradice Tomás.

- ¿Que otra cosa puedo hacer?

El silencio se prolonga durante unos segundos. Un golpe en la habitación tapiada hace que Tomás se sobresalte. Se pone en pie y comienza a caminar por el salón, de un lado para otro.

- Voy a salir, a ver si en el piso de al lado tiene algo de comida -dice Marcos.

- ¿Has cogido algo para defenderte?

- Si, llevo un martillo. - Se escucha una respiración fuerte, como la de un buceador antes de sumergirse, y luego el chasquido de una puerta al abrirse.- Parece que el pasillo está despejado... voy a ver... la puerta de enfrente está abierta.

Mientras escucha lo que sucede al otro lado del Walki Talky, Tomás no deja de caminar por la sala.

- Tío, esto es un desastre, está todo lleno de sangre, pero parece que no hay nadie. Voy a ver la cocina.- Se escucha el abrir y cerrar cajones, puertas. El golpe de una lata al caer al suelo.- Mierda, creo que he oído un gruñido.

- !Marcos... corre, sal de ahí!

- Joder, joder, joder... creo que hay dos en la habitación de al lado -susurra.

A través del aparato de escucha un golpe. Los gritos Marcos se van alejando. Se le unen dos gruñidos guturales, salvajes, hambrientos. Un golpe sordo contra el suelo. El agónico chillido de Marcos, ahogado por un matiz líquido, burbujeante. Y por último el sonido del banquete. Tomás apaga el aparato. Con el rostro desencajado dice:

- Corre marcos... no me dejes sólo.

viernes, 20 de febrero de 2009

Taller Narrativa 6.2

Sobre el punto de vista (2)
Una pelea de pareja. Motivo: una infidelidad.


Punto de vista 2. La ofensora.

Para Helena, el momento de confesar la verdad estaba siendo duro. Más de lo que había esperado. No por miedo a lastimar a Pedro, pues ese es exactamente el motivo por el que le fue infiel; más bien era el sentimiento de culpa o quizás su cobardía. Probablemente fueran ambos sentimientos, revueltos como dos amantes. Sí, toda una ironía. Ese día se había preparado a conciencia. Unas horas antes se había reunido con unas amigas en un Starbucks para que le dieran ánimos y, quizás, algún consejo basado en la experiencia. Cuando ha llegado a casa, se se ha dado una ducha, se ha puesto la ropa que más le gusta a Pedro y se ha maquillado. Ella se dice a sí misma que lo hace para desviar su atención, pero en realidad está poniendo la guinda en el pastel. La tarta de su venganza. Y es que todo empezó cuando comenzó a sentirse desplazada, o más bien abandonada, por su marido. Estaba dedicando en cuerpo y alma a su nuevo negocio como promotor de cultura. Y ella, por primera vez en diez años de matrimonio, ya no era el centro de su vida.

Ahora están los dos, uno frente a otro, y las palabras les han abandonado. Helena ha soltado la noticia de su infidelidad como una bomba; ha caído sobre él desde diez mil metros. Por la cara de Pedro, ella sabe que no ha aplastado su ánimo, lo ha vaporizado. Ahora parece un hombre vacío. Sus ojos lucen huecos. Ella intenta imaginarse que estará pasando por su cabeza. Es el minuto más largo de su vida. El silencio más punzante. Con cada respiración, Helena se siente más culpable. Se aparta un mechón de su pelo rubio que le tapa un ojo y su marido, su futuro ex marido, abre despacio la boca. PUTA. La sangre de ella se congela. No se atreve a inhalar una sola brizna de aire más. Teme que su burbuja de culpa explote y sus lágrimas le desborden. ¿QUIÉN?. Helena intenta explicar lo sucedido, sin dar demasiados detalles. No tiene intención de rebelar la identidad de su amante, es consciente de que la responsabilidad es únicamente suya. Debe aceptarla. ¿PORQUÉ? Con cada argumento que formula, Helena se da más cuenta de que ha sido mezquina. Pedro la ha colmado siempre de atenciones; la ha mimado como nunca nadie lo había hecho; nunca le faltó nada, incluso subvencionó varios de sus caprichos. JODER. Bien, mientras él vomite su ira todo irá bien. Lo que ella más teme es el silencio. Puede tolerar que la regañe, incluso que la insulte. TE QUIERO. Zás. Para eso no está preparada, le cae como un croché en los riñones. El vaso está lleno a punto de rebosar. Pero es cuando ve una lagrima resbalar por la mejilla de Pedro cuando cae de rodillas en la lona. Ella también le quiere, pero sabe la verdad. Ambos la conoces. Y es que algo se ha roto. PARA SIEMPRE.

Taller Narrativa 6.1

Sobre el punto de vista (2)
Una pelea de pareja. Motivo: una infidelidad.

Punto de vista 1. El ofendido.

No puede estar pasando esto. Precisamente hoy está más GUAPA que nunca. ¿Por qué se habrá puesto la falda desigual?

- Dime que ha sido un caso aislado.

[...]

- No has contestado a mi pregunta.

[...]

- Claro que es importante. Quiero saber si ha sido una falta o un delito. Quiero saber si te has tirado a uno a muchos... ¡Joder!... entiéndelo de un vez.

No me creo que esté pasando. Maldita bruja. Tantas palabras, tan vacías. ¿Que le contaré a mis amigos? y ¿a mi madre? y ¿mis sobrinos? No puede terminar. No así.

- A que venía tanto pedirme que dijera "te quiero". ¿Eh? ... ¿A que tanto te quiero? Cinco años de mentiras.

[...]

- Sabes bien que sí.

[...]

- ¿Y a donde vas a ir? ... El perro se queda conmigo. Eres tú la que se va. Y los Dvds también me los quedo. Faltaría más.

[...]

- Que te den...

[...]

- Como quieres que no llore. Me has jodido bien. Yo confié en ti. Me entregué.

[...]

- Dí lo que quieras. Nadie ha llegado tan a dentro como tú. Y vas y lo jodes todo. Eres un hacha. No sabes como te agradezco que me ayudes a verlo claro otra vez. La gente apesta. Tú apestas.

No, no, no, nononono, ¡NO!... Ahora no, por favor. Precisamente ahora con el proyecto de Haussmann a medias. El cumpleaños de mi madre. Que disgusto, con lo que se la quiere. Como se lo explico. Suerte que el verano pasado no se quedó embarazado. Oh... ojalá la hubiera preñado. Es una PUTA. Se ha follado a otro y seguro que muchas veces... a muchos... GUARRA...mierda.

- Te quiero.

[...]

- Cariño, no me dejes... Por favor.

martes, 17 de febrero de 2009

Taller Narrativa 5

Sobre el punto de vista. 

Narrador Omnisciente.

La puerta de la sala grande se abre con violencia. Del interior asoma la cabeza de Juan Fernández, que con gesto contrariado, le grita a la chica de recepción instándole a que le traiga un café. "Que mierda de servicio es este" dice mientras su hermano lo coge por el brazo y lo introduce en la sala. Antes de cerrar la puerta, Tomás esboza una sonrisa a la recepcionista y le guiña un ojo. Un escalofrío recorre su cuerpo, es el gesto más lascivo y asqueroso que nunca nadie le ha dirigido. Junto al mostrador de recepción está Lucas. Ha estado viendo la escena y tarda un poco en reaccionar. Cuando lo hace, gira la cabeza hacia la chica y le dice:

- Veo que ya han llegado mis hermanos.-Apenas levanta la vista del suelo, está visiblemente avergonzado.

- ¿Esos son sus hermanos? - dice la recepcionista. Lo hace con tono despectivo y sin apartar la mirada de la puerta. Enseguida se da cuenta de su error y levanta los ojos hacia Lucas.- Lo siento. Llevan un rato esperándole.

Cuando Lucas entra en la sala de reuniones, sus hermanos se lanzan sobre él como bestias. "¿Dónde narices estabas?""¿Es que no puedes pensar en los demás por una vez?" pero ya está acostumbrado a que sus hermanos lo traten así, llevan haciéndolo desde que nació. No tiene ganas de explicar cual es el motivo de su retraso, ni porqué hoy está más contento de lo habitual. No cree que sus hermanos merezcan tales honores.

Mientras esperan a que llegue el notario, Juan y Tomás especulan con que parte de la herencia se quedará cada uno.Ansiosos se reparten un pastel imaginario con fiereza. Ninguno de los dos quiere renunciar ni a una migaja. 

Ríen pensando en lo loca que estaba la Tía Rita, siempre rodeada de esos pequeños perros, con collares de diamantes. 

- Estaba loca de remate -dice Juan.

- Loca y forrada de billetes.  Una vez, cuando era niño, le dí una patada a un o de sus chuchos. Cuando escuchó el grito se puso histérica. Pero la convencí que había sido una pele entre perros. -se confiesa Tomás.

Lucas está absorto en sus pensamientos, no escucha a sus hermanos. Entonces, Juan hace una bola con el papel en blanco que hay sobre la mesa y se lo lanza con fuerza. El proyectil impacta en la nariz de Lucas, haciéndole dar un respingo. En ese momento entra el notario por la puerta. Pero Lucas no aparta la mirada de su hermano. 

Una vez hechas las presentaciones, proceden a la entrega de DNIs y después a la lectura del testamento. Es un acto aburrido, lleno de términos jurídicos y mucha paja. Los tres hermanos empiezan a sentir el sueño de la ley. Y cuando el notario llega a la parte jugosa del documento, están tan abstraídos que no se dan cuanta. 

- Ha quedado claro -dice el notario.

- Discúlpeme -dice Juan, es que me pierde tanta palabrería- ¿que es lo que me ha dejado?

- Por favor, señores - dice el notario, visiblemente enfadado- no les ha dejado nada. Su hermano Lucas es el albacea del dinero y las propiedades, que son para la asociación Amigos de los canes.

Juan y Tomás están atónitos, la sorpresa. La ira comienza a subir como la espuma de la cerveza, desde el fondo de su estomago. Lucas está tranquilo, sentado en su silla, con una sonrisa dibujada en su rostro. 

- ¿Y tu de que te ríes?, si eres más pobre que una rata. -le esputa Tomás a Lucas.

Pero Lucas no dice nada. Se limita a firmar el documento de aceptación de la herencia. Al fin y al cabo, el testamento le parece un documento muy justo. 



Punto de vista del personaje.

Estaba frente al mostrador de recepción de la notaría cuando vi a mi hermano mayor sacando la cabeza por detrás de una puerta. Estaba gritándole a una pobre chica. Me disculpé avergonzado y me dirigí a la sala, con la seguridad de que ni mis hermanos podrían estropearme el día. Acababa de sucederme algo maravilloso y nadie me lo iba a arrebatar.

Cuando entré en la sala vi que era el último en llegar. Estaban Juan, Tomás y el abogado que lleva los asuntos de familia, un tal Pérez, creo. Tuve que aguantar las estupideces de mis hermanos que se reían de mi, aunque con los años he aprendido a ignorarlos. La sala era grande, y las paredes estaban cubiertas por librerías que llegaban hasta el techo, llenas de falsos libros y colecciones de revistas jurídicas. Había uno de esos cuadros llenos de chorretones de pintura, de algún tipo que quería imitar a Pollock, ¿porqué a todos los notarios les gustará el expresionismo abstracto? No sé. 

Juan y Tomás estaban hablando de la tía Rita. Decían que estaba loca, que en vez de hijos tuvo perros y otras tonterías. Entonces intenté recordar a la susodicha tía. Tuve que hacer un gran esfuerzo pues hacía muchos años que ni siquiera oía hablar de ella. Entonces vino a mi memoria una tarde de verano, en la casa de Llavaneras. Yo no tendría más de cinco años, pero me aterraba meterme en la piscina, tenía miedo a ahogarme. Ni mis padres ni mis profesores habían conseguido meterme en el agua. Entonces, la tía Rita se agacho, cogió a uno de sus pequeños perros, que la seguían allá donde fuera, y lo lanzó a la piscina. Recuerdo como voló por los aires y se sumergió en el agua. Pensaba que se ahogaría, pero, salió a flote y empezó a nadar con sus pequeñas patas. Mi tía se volvió a agachar, esta vez para mirarme a la cara, y me dijo que si yo no conseguía nadar, Perlita (así se llamaba el pequinés nadador), me sacaría del agua. No se porque me pareció más seguro un pequeño perrillo salvavidas que uno humano, pero apenas tenia cinco años.

Una bola de papel, lanzada por Juan impactó en mi nariz. Me trajo de vuelta a la notaría. Que majos son mis hermanos.  Por la puerta entraba el notario, así que tuve que dejar pasar el asunto del proyectil de papel. Tras identificarnos, el notario comenzó con la lectura.  No dejaba de preguntarme el por que de tanta palabrería técnica. Entonces, cayó la bomba. La tía Rita había dejado su dinero y sus bienes inmuebles a una asociación que recoge perros de la calle. Desde luego, la reacción de mis hermanos fue lo más divertido. Me regodeé viendo la rabia que les desbordaba por la boca. Lo más extraño de todo es que me dejo como albacea para que me asegurase de que se cumpliera su última voluntad. Así lo hice. 

miércoles, 4 de febrero de 2009

Taller Narrativa 04

Progresión geométrica.


Otro golpe más hace que Victor se esconda en bajo la cama. Esta vez no puede precisar si el ruido lo ha hecho el puño de su padre o la cabeza de su madre tras ser golpeada por su marido. Hace un rato, difícil de precisar, que sus padres habían comenzado a gritarse. El motivo es tan intrascendente que ni si quiera un niño de diez puede encontrar lógico. Envalentonado por la ansiedad que la situación le produce, Victor se dirige a la habitación contigua, donde está el conflicto. No es la primera vez que esto sucede, aunque siempre es tan doloroso como la primera. Con la mano temblorosa abre la puerta. Lo que ve lo deja estupefacto, congelado. Su madre está tumbada en el suelo, sollozando, mientras su padre, de rodillas sobre ella, le golpea con una mano mientras con la otra le estira del pelo. El niño no dice nada, no se mueve.  Cuando su padre percibe su presencia le lanza una botella de vino vacía que le impacta en la cabeza. Y todo funde a negro. 

Los recuerdos de su infancia se amontonan en su cabeza como una una gran montaña de mierda. No puede olvidarlos aunque lo intenta. Sabe que están ahí y que lo hacen diferente, un lastre que le obliga a caminar un escalón por debajo de los demás. Con doce años, va por primera vez a una escuela mixta. Hasta el momento la única mujer que ha tratado es su madre. No son pocas las notas que Victor trae a casa anunciando un castigo por molestar a sus compañeras. A medida que crece y que sus hormonas le exigen que se acercase al sexo opuesto, los incidentes se van haciendo más graves. Les escupe, empuja e incluso les palmea el culo o los pechos. No es hasta los catorce años cuando tiene su primera novia. Hace cuatro años que su padre se había ido de casa, el tiempo justo para arrinconarlo en la mente, aunque no el suficiente para olvidarlo. Su primera relación dura apenas un mes, en el que van un par de veces al cine y una vez a patinar. Él no se comporta como un novio pre adolescente, sale co ella pero apenas habla y la escucha con poca atención. 

Un día, se presenta la madre de la niña en su casa. Esta muy alterada, dice que su hija ha llegado a casa con un ojo morado. No ha querido decirle quien la golpeó, pero esta segura de que ha sido Victor. El chico entra, con la cabeza gacha, en el salón donde las dos mujeres mantienen este improvisado juicio del que sabe que saldrá culpable. No se molesta en defender su inocencia; tampoco dice que sabe quien lo ha hecho, que sus vidas no son tan diferente; simplemente se resigna a aceptar un mundo injusto. Su mundo.

Cuando cumple los dieciséis, ingresa en una banda de Skinheads, para lo que tiene que robar en un pequeño comercio de barrio y golpear al primer transeunte con el que se cruza. Se rapa la cabeza, y con el  substituye las camisetas de su armario por camisas de cuadros con tirantes y sus deportivas por botas Dr. Martens. Gracias a su obediencia y a la ira que lleva consigo, escala rápidamente los peldaños de la jerarquía hasta situarse como mano derecha del líder. La única chica del grupo es precisamente la novia del jefe. Sin darse cuenta se enamora de ella y en un abrir y cerrar de ojos ejecuta una maniobra para quedarse con la dirección de la banda. Todo sale como ha planeado, aparta su rival y se queda con la chica. Por primera vez se siente a gusto con una mujer. Es más joven que él y entiende a la perfección las normas de la sumisión. Victor la trata con cariño y con dureza a partes iguales, y más de una vez piensa que ella prefiere la segunda antes que la primera. Todo marcha sobre ruedas, el cree haber encontrado su lugar en el mundo. Hasta que un día, un conductor ebrio atropella a la chica cuando la pareja se dirige a un encuentro de fútbol. La chica muere en el acto, el coche le aplasta la cabeza contra una parada de autobús. En un absceso de ira, con las manos manchadas con la sangre de su novia, apalea al conductor hasta matarlo. Es tal la furia de sus ojos que nadie se atreve a intentar detenerlo. Es juzgado y encarcelado. En prisión su mundo se viene a bajo. La jerarquía ha cambiado y su autoridad ha desaparecido. Así, es vejado y humillado.

Una mañana lo llaman a la sala de encuentros. Se sienta delante del cristal y ve aparecer a su madre. Lleva la misma ropa de siempre, un vestido floreado y una chaqueta de punto blanca. Se la ve más vieja y sombría. Victor teme que sea por su culpa. No quiere añadir ni una pena más a la vida de su madre, ya ha tenido suficientes. Están un rato mirándose a los ojos.  Ninguno de los dos hace el gesto de coger el teléfonillo para comunicarse. Simplemente permanecen allí, sentados, compartiendo el momento. De repente, Victor rompe a llorar, y lo hace con toda la fuerza de los años; no ha llorado así con ninguna de las palizas que le dió su padre, ni cuando los presos hicieron con su culo lo que quisieron. Rompe el dique que llevaba años haciéndose más fuerte con cada lluvia. Y se deja arrastrar por la corriente. ¿Que no puede hacer una madre? 

Resúmen y escena.

Taller Narrativa 03

Enrique, medio vacío.

"Aún hay gente buena en este mudo." Así concluía el artículo del periódico. Con un suspiro, que se une solidariamente al ruido del papel, Enrique da por terminada la lectura del diario. Mantiene un rato los ojos cerrados, como si quisiera esperar lo suficiente hasta volver al mundo real. Y es que Enrique es una de esas personas. Ya sabéis a cuales me refiero, ¿verdad? Siempre hay una en la barra del bar, o en la sala de espera del CAP; incluso en clase, allí sentado, con sus pensamientos  cacofónicos y agoreros. Si luce el sol, él se queda en casa, pues nunca se puede saber; igualmente, si llueve se recluye, pues hay constipados esperando a la vuelta de todas las esquinas. Se levanta de la mesa con el periódico en la mano, dispuesto a depositarlo en la primera papelera que encuentre; paga el café con el mal humor que se ha agarrado y piensa que este es otro día de los que empieza con palabras ingenuas. 

    Ya en la calle, se introduce en la marea de personas que fluye por la calle canuda. Como un desquiciado salmón lucha contra la corriente. ¿Porque todos van en dirección contraria a mi? piensa. Tampoco le gusta la gente; con sus mentiras y sus engaños; con el ellos siempre por delante. Tan llenos de falsa esperanza y tan autocomplacientes. De nuevo un suspiro, aunque este se pierde bajo la bocina de un taxista que casi lo atropella. Y es que... la ciudad es una jungla, sálvese quien pueda.

Cuando llega a casa, en la televisión hablan de un nuevo orden mundial. El nuevo presidente ya ha empezado a cambiar el mundo. Todo está cambiando. Pero Enrique sabe que un solo hombre no es suficiente. También es consciente de que su forma de discrepar atenta contra la gente que no piensa como él. Porqué la fe es muy difícil de mantener


    Enrique tiene ese rasgo de personalidad, el que tantos problemas trae. Incluso su pareja, la mujer con la que comparte casa y lecho, no entiende por que si es feliz, escribe de esa manera en su blog. Y es que él es así, puede aprender pero no puede cambiar. 


Sobre el pesimismo.

jueves, 29 de enero de 2009

Taller Narrativa 02

Una muralla de piedra sólida franquea el perímetro del castillo. Tiene la altura de tres hombres y una anchura de dos brazos. Los años de batallas han ensuciado y mellado la roca. Integradas en el muro, cuatro atalayas se levantan como gigantescos vigías; una al norte, otra al sur y dos más situadas al este y al oeste. Con el doble de la altura del muro, vigilan el fortín de bárbaros intrusos. La única entrada es un puente levadizo, de madera noble, que solamente se arría por expresa orden del rey, salvando así un foso hediondo.

Un caballero oscuro ronda por el extrarradio dispuesto a desafiar a cualquier merodeador. Viste una armadura negra y monta sobre un corcel igualmente negro. Despiadado. Incontrolable e incontinente.

En el interior, en el centro de una amplia plaza, está el edificio principal, austero y falto de gracia. Tiene varias puerta y muchas ventanas, que permanecen cerradas la mayor parte del tiempo. De su bajo techo se proyectan hacia el cielo gris cuatro torres, a veces son seis, dedicadas a diferentes disciplinas. Son el sueño de cualquier diletante. Una está dedicada a la música, otra a las artes escénicas, hay una biblioteca y una torre para la astronomía. 

En la plaza, hay un pozo tan profundo como la oscuridad que contiene, allí se vuelca todo lo que debe permanecer en el olvido. Como también tienen que ser ignorados todos los indeseables presos en las mazmorras. Unas catacumbas húmedas y oscuras cuyas paredes lloran de dolor, sin que nada se pueda hacer al respecto. 

En algún lugar del patio, oculto de las miradas indiscretas, hay un túnel por el cual escapar en caso de asedio.

Y por supuesto, en el centro exacto del castillo,  hay un trono. Situado sobre un pedestal de mármol se alza el caballero que se hace llamar Jonás.


Autorretrato.
 

martes, 20 de enero de 2009

Taller Narrativa 01

Día 01. Una ficción neurótica.

Faltan dos horas para que suene el despertador pero Jonás ya está despierto. Esta noche el sueño ha sido una ligera brisa, sin la suficiente profundidad para producir sueños, pero con la irremediable perdida de control sobre los propios pensamientos. Las sabanas pesan más que nunca. Una ducha, un café, el abrigo y un tren para llegar a su destino.

En la puerta del aula, Jonás se detiene. No quiere entrar, o ¿no puede hacerlo?. Muchas dudas le están apareciendo sobre si mismo. Lentamente transcurren los minutos, la hora del comienzo está próxima. Camina por los pasillos mientras su inquietud crece. Los arpegios de Philip Glass reverberan en su cabeza, lo último que ha escuchado antes de apagar su ipod. 

Sentados en la mesa, dispuestos en forma de U, los Extraños esperan a la profesora. Ocho personas de distinta índole: edad, sexo, ocupación y quien sabe que más. Ocho hombres sin piedad.

Las presentaciones han empezado, uno a uno los integrantes del grupo se van exponiendo, y solamente queda un turno antes de que Jonás deba desnudarse. Desde que ha comenzado este simulacro de rueda de reconocimiento, no ha podido dejar de pensar en como va a mostrarse a este nuevo pequeño mundo. 

El Extraño número tres ha acabado su exposición. La gente dice más de si mismo de lo que sus palabras quieren expresar, piensa Jonás. Ahora le toca el turno a él. Pero no tiene pensado aún su personaje. Debe componerlo sobre la marcha. Comienza a hablar. El contenido de su discurso es neutro y vacío. Un bostezo, alguien revolviéndose en la silla, un boli que cae al suelo y falta de interés. Piezas equivocadas en un puzzle de personalidad. 

Por La mente de Jonás aparecen atractivos rasgos que incluir en su construcción. Puede fingir la ironía de Wilde, pero teme acabar en el rol de bufón. El misterio del anacoreta le atrae con más fuerza pero el aislamiento le produce demasiada inquietud. Héroe, el que mueve ejércitos. Jé Jé. Quizás sea más apropiado el niño eterno que rehusa responsabilidades frente al grupo.  Lo que realmente querría Jonás es acudir a clase con un cuervo posado en su brazo. 

Siente que debe hablar de los largos tentáculos del horror cósmico que lo constriñen por las noches; de los ojos cibernéticos con los que mira a Edipo; de como las luces boreales se reflejan en la laguna estigia marciana; de como un día una ballena se lo tragó en viñetas secuenciadas; de como lo que está arriba también está abajo; de lo hermosa que es la música de las esferas; de anfiteatros y de zoótropos; conejos con chaleco y cucarachas con sombrero...


Aún no ha decidido quien quiere ser, pero el turno de palabra ya es del extraño número siete. Todavía le quedan seis meses para poder encontrar al escritor que debe encarnar.
Así que no temas Jonás por querer ponerte "Hypokritas" máscaras en este nuevo juego para ti. Al fin y al cabo, todo en la vida son humo y espejos.